Cuando
nuestro cerebro percibe un peligro, automáticamente
dispara una respuesta
de alarma conocida como de “huir o pelear”. Lo que hace
es preparar al organismo para huir de la amenaza o si esto
no es posible, para pelear y salvar nuestra vida.
La
función de alarma produce un aumento de actividad
de diversas funciones corporales como aumento en la presión
arterial, intensificación del metabolismo celular,
incremento de glucosa en la sangre, aumento en la coagulación
sanguínea e incluso un aumento en la actividad mental.
De igual manera la sangre se va a los músculos mayores,
principalmente a las piernas, para tener suficiente energía
para escapar si es necesario. El corazón comienza
a trabajar a una velocidad muy por encima de lo habitual,
llevando rápidamente hormonas como la adrenalina
a todo el cuerpo y a los músculos. El sistema inmunológico
se detiene, así como todas las funciones no esenciales
en el cuerpo, para prepararlo para lo que venga: la huida
o la pelea.
En
algunas personas esta alarma se activa sin ninguna razón
aparente. Cuando esto sucede, se da lo que se conoce
como un ataque de pánico
o ataque de ansiedad. Los ataques de pánico
disparan la alarma, la persona comienza a sentir todas las
reacciones fisiológicas primitivas de huir o pelear,
e inmediatamente vienen a la mente imágenes catastróficas.
Cuando esto sucede, la persona percibe una confirmación
de que sus síntomas iniciales eran de hecho indicadores
de un peligro serio. Una sensación de peligro extremo
invade a la persona, con lo cual el sistema de alarma vuelve
a reaccionar desencadenando la respuesta de miedo, volviéndose
así un círculo vicioso que paraliza a la persona.
El
siguiente esquema muestra paso a paso el desenvolvimiento
de un ataque de pánico, y cómo es que se convierte
en un círculo vicioso:

1.
Algo detona el sistema
de alarma en nuestro cerebro. Puede ser un factor externo
o interno. Generalmente no estamos conscientes de este detonador,
y no nos percatamos de todo lo que está sucediendo
en nuestro organismo sino hasta el punto No. 3.
2.
Al detonarse el sistema de alarma, comienzan a darse los
cambios físicos en nuestro cuerpo, preparándose
para “huir o pelear”. Estos cambios son el aumento de adrenalina,
aumento en la frecuencia cardiaca, aumento de la temperatura
corporal, la sangre se va a los músculos de brazos
y piernas lo que puede causar una sensación de hormigueo,
etc. Recordemos que hasta este punto, todo está sucediendo
de manera automática, y no nos hemos percatado de
ello.
3.
En este punto es donde percibimos por primera vez algo raro
en nosotros. Comenzamos a darnos cuenta de que el corazón
late más rápido, sudamos, hay cierto nerviosismo,
y estas sensaciones hacen que pongamos toda nuestra atención
a lo que nos está pasando y lo que estamos sintiendo.
Ponemos toda nuestra atención en el miedo, en las
sensaciones del cuerpo y entonces es cuando pasamos al punto
4.
4.
Al percibir todo esto, comenzamos a interpretarlo.
El problema es que lo interpretamos con pensamientos catastróficos
como “me está dando un infarto”, “me voy a morir”,
“me voy a desmayar”, “nadie me va a ayudar”, “este es el
fin”, etc… Al tener este tipo de pensamientos, es prácticamente
inevitable que se de el paso No. 5.
5.
Pánico. Antes, cuando se disparó
la alarma, el organismo se preparó ante una supuesta
amenaza, y si, existe un cierto grado de miedo que es normal
y necesario para la “pelea”. Pero en este punto ya entramos
a lo que es el pánico, donde ya perdemos el control
de nosotros mismos, de nuestras decisiones y de nuestro
actuar. Este pánico se convierte entonces en un nuevo
detonador, por lo que aumentan las palpitaciones, aumenta
la sudoración, aumenta el hormigueo, probablemente
aparecen incluso otras sensaciones físicas como mareo
o debilidad en las piernas. Nos percatamos de esto y confirmamos
nuestros pensamientos catastróficos, con lo que aumenta
el pánico y así se convierte en un círculo
vicioso en el que el mismo miedo es el que genera más
miedo.
Lo
más importante a tener en cuenta es que aunque
no se sabe exactamente cual fue el detonador inicial que
desencadenó la respuesta, lo cierto es que
el peligro que nuestro cerebro está “percibiendo”
no es real. Es decir no existe realmente una
amenaza ahí afuera, y en realidad estamos a salvo.
Nadie se ha muerto nunca de un ataque de pánico,
aunque si pueden ser muy intensos y desagradables. Pero
es muy importante estar consciente de lo que nos está
pasando, para que cuando se presente, podamos estar tranquilos
de que no nos está dando un infarto, sino saber
que solamente es un ataque de ansiedad, y dejar que pase.