Todos
somos susceptibles a un ataque de pánico ante una situación
extrema, como puede ser un desastre natural, violencia o accidentes.
Pero
el pánico también puede hacer presa de las personas
en circunstancias ordinarias o cotidianas, es decir que pueden padecer
este fenómeno síquico sin un motivo aparente, o por
lo menos sin que se dé en su entorno alguna circunstancia
fuera de lo común.
Quien
es susceptible de pánico sin motivo aparente alguno, se trata
de un individuo con alguna patología que altera su sique.
Este
problema mental que aqueja a algunas personas puede aparecer sin
previo aviso, y generalmente se presenta por primera vez en individuos
con una edad entre los 18 y los 25 años. Intempestivamente
sufren taquicardia, alteración de la presión sanguínea,
sudoración exagerada, nauseas, vomito y una percepción
falsa de la realidad, entre otros síntomas que desequilibran
el organismo. Y se caracterizan por un nivel elevado de ansiedad.
Lo cual repercute casi simultáneamente en la fisiología
del afectado.
Y
algo que aparentemente no debía por que tener consecuencias
graves, desencadena en una espiral de temores, angustia y arrebato,
como un torbellino incontrolable de miedo extremo, que afecta irremediablemente
a la función orgánica del cuerpo. El efecto es irrefrenable
y puede devastar al afectado en pocos minutos, aunque para la víctima
parezcan horas de sufrimiento y congoja.
El
terror a lo desconocido hace presa fácil al individuo que
no sabe cómo contrarrestar la avalancha de ráfagas
emocionales y pronto puede ser víctima de una convulsión
severa que afecta su mente y físico. La persona se siente
como atrapado en un callejón sin salida, con temores de muerte,
lo cual le produce un presagio hacía el desfiladero sin retorno,
lo cual se convierte en un círculo vicioso que le impide
encontrar una salida a su pesadilla, sino que, como un remolino,
lo arrastra hasta el fondo con la intención de asfixiarlo.
Obvio
que en las primeras experiencias no tiene recurso alguno para enfrentarla,
pues ni siquiera sabe qué
está pasando en su mente y su cuerpo. Resulta entonces
un martirio indecible que lo marca con un temor más acendrado
a la crisis y lo predispone a otra más impactante y cruel.
Se dice que aproximadamente un 3 por ciento de la población
mundial padece este mal.
En
síntesis, podemos afirmar que las reacciones fisiológicas
alteran a las sicológicas, formando una reacción en
cadena que provoca un miedo desbocado, angustia y perturbación
de la razón, que bien puede poner al borde del abismo al
paciente, y sin saber por qué.
Sin
embargo, si la crisis se repite, el individuo debe iniciar el rescate
de su salud, iniciando un análisis de su experiencia e intentar
afrontarla con valentía e inteligencia. Pues
a la larga se irá dando cuenta, que si bien las crisis son
aterradoras, sólo son una especie de distorsión de
la realidad y que debe buscar los resquicios de la serenidad y el
control emotivo para contrarrestar la crisis y no ser arrastrado
por la avalancha de emociones brutales que representa ésta.
Sólo que la persona difícilmente lo podrá encarar
individualmente, debe ponerse en manos de un especialista
para que ambos busquen y encuentren la solución al problema.
La
ayuda profesional siempre será
necesaria para atenuar este mal, buscando en los conocimientos del
especialista y los recursos síquicos del paciente atenuar
y hasta extirpar este mal de difícil control, por su desencadenamiento
abrupto y avasallador. Preparar al paciente de una manera eficaz
para contrarrestar el daño y refrenar sus efectos en el organismo
y la mente.
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